Kobe estaba predestinado por el número ocho. Su vida ha tomado tantas curvas como la orografía de ese dígito, el mismo que tumbado representa el límite de su talento: infinito.
KB8 organiza su película de escenas desordenadas como un intrépido director hollywoodiense, y se dedica a hacer para luego deshacer; cortar, poner, quitar. Un ocho reclinado también es una montaña rusa emocional.
Por supuesto, el ocho en su lengua nativa suena a orden militar: “eight!”. Y
Kobe, el niñato, el malcriado, siempre ha hecho la guerra por su cuenta. Desde aquellos desafíos en su más tierna infancia a los pros que jugaban con su padre, a los épicos duelos contra los
Sacto Kings, pasando por el All-Star de
Philly y por una maldita habitación de hotel en Colorado. Bryant siempre ha recordado al Llanero Solitario en su pertinaz búsqueda de la gloria.
La noche de los ochenta y un puntos, KB8(1), fue consciente de que se había liberado. Logró por fin desprenderse de la presión que la figura de su idolatrado
Air Jordan ejercía sobre su cerviz, como si se tratara de un progenitor autoritario.
Ahora que
Kobe ya es su propio mito batallará por su primer anillo solo. Los otros tres venían con
Shaq.