Si la NBA fuera un cuento de hadas,
Nowitzki sería un príncipe muy azul que acudiría al rescate de la damisela cautiva, a la que accedería tras superar mil vicisitudes para besarla y así romper el hechizo que la devolvería a su estado original: el Larry O’Brien Champsionship Trophy.
En esta leyenda el jugador alemán sería un apuesto rubio con unos padres deportistas de los que heredó todos sus genes para convertirse en un
rara avis de siete pies que deja boquiabierto al verle jugar en directo. Se habría aclimatado al
American way of life viendo partidos de
soccer bebiendo Cocacolas con un colega canadiense. Se cortaría la melena por una causa benéfica. Sería sempiterno
MVP de la mejor liga del mundo, siendo extranjero. Y metería todos los tiros decisivos con su selección cada verano.
Pero la NBA es una novela de caballerías: Dirk Nowitzki es un
Quijote germano que tropieza antes de tiempo en los playoffs, que se queda sin
Nash como escudero, que tiene un entrenador personal algo sospechoso. Acosado por las lesiones en los momentos más inoportunos del año, rodeado de compañeros inoperantes debajo del aro, con un jefe algo
broncas que lo idolatra. Así se le agria a uno el carácter.
De cualquier manera,
Nowitzki es el mejor protagonista para un buen libro.