Esta mano que escribe estrechó la de
Joe Dumars una mañana de verano en el Paseo de Gracia; aquella que le fue tendida a un ánonimo Ben para conducirlo al redil de los chicos malos, la mano que luego le señaló al pívot el camino del éxito pavimentado con sudor.
Los dedos de Joe Dumars lucen ya tres codiciados anillos, dos por su excelsa muñeca y otro por su clarividencia; a
Ben Wallace no le llegan los dedos para contar los rebotes de cada partido ni los hermanos que tiene. Sin embargo le sobran si quiere indicar su promedio anotador en una carrera profesional jamás soñada.
Las manos de
Big Ben están llenas de callos por su afición a las mancuernas, ni los guantes lo pueden evitar. Quizá su estampa sea más idónea para un ring, pero Ben Wallace es un prototipo de atleta que ha hecho historia en la
NBA. Representa a todos los manirrotos esforzados cuya obsesión es jugar a basket. Su éxito ha definido sus músculos imposibles, ha trenzado sus rastas y modulado sus aullidos. Es la antítesis de
Michael Jordan pero igualmente será leyenda.
La mano de Dumars acariciará este verano las crines de su purasangre y le ofrecerá un contrato que compense la venta de su espíritu a la causa
piston. Esa mano estrechada por esta que escribe, unida a la tuya a través del ratón que manejas: toda la determinación de
Ben Wallace está en la palma de tu mano.