El mundo NBA
Bien es cierto que el jugador FIBA cada vez tiene más presencia en los drafts norteamericanos, bien es cierto que cada año que pasa el jugador FIBA tiene más presencia en la competición del otro lado del atlántico y bien es cierto que en las competiciones internacionales, la selección estadounidense no para de pegarse batacazos en los últimos años. Sin embargo, hay que analizar cada tema en su contexto.
Estados Unidos es un país de muchos millones de habitantes, que por sí solo compite en generación de jugadores con Europa y la supera. Tiene una cantera, por cantidad, impresionante.
El sistema deportivo implantado en la educación básica desde hace décadas es digno de admiración, y otro gallo nos cantaría en España y otros países del mundo si intentásemos hacer la mitad de lo que ellos tienen desarrollado en infraestructuras y cultura deportiva. Eso no quiere decir que sea lo mejor del mundo o que no tenga defectos, pero ahí está.
Este sistema norteamericano tan desarrollado tiene su máxima expresión, dentro del mundo del baloncesto, en las competiciones de High School y de la NCAA, esto es, competiciones a nivel de instituto y universidad. El sistema está tan asentado en la educación y en la sociedad estadounidense que la NBA, la más importante competición profesional del baloncesto norteamericano, se nutre de jugadores jóvenes, principal y tradicionalmente, de la NCAA. Y así seguirá siendo. Por razones deportivas, por proximidad geográfica, por conocimiento y seguimiento cercano, por factores sociales, etc.
Por otra parte, tienen muy marcada la diferencia entre amateurismo y profesionalismo y la franja tradicional está en el paso de la universidad a la NBA. Desde que en los últimos 40 años, los jugadores afroamericanos se hayan instalado en la competición y hayan terminado dominando el juego hasta conseguir que los jugadores blancos sean minoría, han sucedido una serie de factores que han hecho evolucionar mucho la NBA, paralelamente a la sociedad estadounidense. Los aspectos técnicos se han visto ayudados por una mejora del nivel físico. La evolución en los 80 de los sistemas de entrenamiento físico se han notado en los jugadores y la aparición de figuras mediáticas que aunaban físico y técnica maravillaron al mundo. Esto es, Julius Erving , Magic Johnson , Michael Jordan o Clyde Drexler marcaron un punto de inflexión, un nuevo inicio para la NBA, y también en la sociedad, ya que influyó decisivamente en las nuevas generaciones porque las empresas publicitarias comenzaron a explotar el filón aprovechando que ya era posible que una persona se ganase la vida haciendo deporte profesional. En los 80 terminó definitivamente ese conflicto en la mayoría de los deportes que evitaba que muchas personas siguiesen practicando la actividad en la que destacaban al no tener la posibilidad de vivir de ella.
La aparición de iconos sociales dentro del deporte necesariamente crea modelos deportivos y por tanto, imitación. Si los niños imitan a sus modelos, se quedan con lo que les llama la atención. Muchos modelos no siempre son adecuados pero el dinero, la fama y el mercado publicitario manda. Si algo vende, hay que aprovecharlo. De repente, en la sociedad norteamericana se genera una cantidad de imitadores de “minijordans” y sucesores, con personalidad más egocéntrica, centrada en las propias capacidades de superación personal pero menos en el concepto de juego de equipo, creando una competitividad por destacar y ganar que, inevitablemente, va a influir en el sistema básico educacional de desarrollo de jugadores. Tanto los colegios como las universidades reciben todo este cambio, toda esta evolución. Como toda competición, aunque sea amateur, se nutre de la ambición de ganar y siempre se buscan los mejores jugadores. La idiosincrasia norteamericana permitió que la competitividad fuera cada vez más fuerte y el juego se jerarquizase incluso en las competiciones adolescentes.
Actualmente, desde el instituto, los equipos se conforman a partir del más destacado y luego de los complementos, prácticamente seleccionando uno o dos adolescentes como posibles profesionales y el resto descartados para siempre, con el consuelo de que si lo han aprovechado bien, quizá, y sólo quizá, tengan una educación que les sirva para ganarse la vida. Y en los institutos de las zonas más pobres, ese quizá es una lotería. Este problema continúa en la universidad, competición vivida con pasión a nivel nacional donde la competitividad es brutal pero en la que, curiosamente, los jugadores, aun siendo mayores de 18 años, no cobran un solo dólar, bajo pena de multa. Estos jugadores son jerarquizados en función de sus cualidades, desarrollados bajo un mismo esquema y el que vale, vale desde el principio y el que va a ser un complemento, probablemente lo sea para siempre, limitando sus posibilidades futuras. Ahora bien, como Estados Unidos es la tierra de las oportunidades, uno siempre tiene la posibilidad de demostrar por su cuenta que vale más que lo que han dicho de él. Siempre por su cuenta; ayuda no va a recibir si ya ha sido definido de una manera determinada. La historia norteamericana también está plagada de jugadores puestos como ejemplo de capacidad de superación contra las adversidades y que favorecen publicitar la imagen de que “todo es posible si tú quieres”, aunque no reciban verdadero apoyo. El sueño americano.
La peor situación social y económica de la mayoría de la población afroamericana influye, por supuesto. Genes más preparados para aprovechar las cualidades físicas que el baloncesto permite más la necesidad de buscarse la vida económicamente, selecciona favorablemente hacia el baloncesto a los negros más que a los blancos, que ni suelen tener tanta necesidad ni en la adolescencia pueden competir ante la temprana superioridad física de las personas de color. No obstante, esta brutal selección de jugadores suele dejar en el abandono absoluto a aquellos que se quedaron en el camino, sobre todo, si son de condición económica baja.
Con todo ello nos encaminamos al problema del exceso de físico en el baloncesto formativo estadounidense, que ha terminado dominando la competición, y la falta de aprendizaje técnico-táctico ante tanta jerarquización. El aprendizaje existe, por supuesto, y bueno, también, con mucha experiencia de décadas de baloncesto desarrollado, pero en gran parte desaprovechado, porque la jerarquización discrimina quiénes van a mejorar y quiénes van a quedarse en el camino, sin llegar a desarrollar todas las virtudes de los futuros jugadores. Se especializan excesivamente todas las posiciones del baloncesto, desde el base hasta el pívot pero todos pensando en anotar y no tanto en comunicarse con los compañeros. Así pues, hablando de forma muy general, sin entrar en profundidades, hay una tendencia hacia que el base mejore sus capacidades de anotación exterior y las penetraciones, aprovechando su velocidad y habilidad; el escolta aprovecha una superior potencia con una mejora de la habilidad de conducción de balón a pesar de la altura para ser un referente de anotación. Lo mismo pasa con el puesto de alero, si eres bajo, te pareces a un escolta, si eres alto, desarrollas tiro exterior pero también fuerza para penetrar y fajarte con los jugadores más grandes y pesados. El ala-pívot y el pívot, salvo que demuestren buena mano, son obligados a pensar en meterla hacia abajo, esto es, machacando el aro, basándose en el modelo dominador que gente como Shaquille O’Neal ayudó a generar. Todo pensado para conseguir anotar y aumentar la efectividad individual, pero no la polivalencia fuera de la anotación. ¿Y el pase? ¿Quién aprendía a pasar? Porque alguien tiene que hacerlo. Ah! se siente. Si no vales para anotar, pasarás la bola y defenderás. Si lo haces muy bien, te conseguirás un hueco. Si no, te quedarás en el camino. Y como anotes y pases bien, ya eres un proyecto de fuera de serie. Porque el objetivo final es buscar estrellas, no hacer buenos jugadores. Prácticamente es casualidad que salgan buenos jugadores. En un intento de hacer estrellas, a veces salen jugadores buenos y polivalentes. Pero no es la norma. El resto son jugadores especializados que dependen de su capacidad de lucha.
En conclusión, la NCAA es un maravilloso sistema de generación de jugadores que se ha dejado llevar por la competición y la búsqueda del modelo de jugador-franquicia, desaprovechando el desarrollo de cientos de jugadores al máximo de sus posibilidades en favor de la posibilidad de ganar y ser competitivos en el menor plazo de tiempo. La NBA, como competición profesional, tiene la garantía de la cantidad para asegurarse la entrada del número de jugadores suficientes para garantizar su supervivencia, sobre todo sabiendo que económicamente, los jugadores jóvenes necesitan llegar para asegurar su estabilidad económica, y en muchos casos, escapar de la pobreza.
Si tanta garantía tiene, ¿cuál es la razón de que la NBA desvíe sus miras hacia Europa o el baloncesto FIBA en general? La reflexión continuará en el siguiente capítulo