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[06/08/2010] Perfil
El hábito no hace al monje
Por Albert Molinari @ultimatenba | @AlbertMolinari

Pat Riley es un hombre con clase, con carisma, con elegancia. Destila glamour por donde pasa. Su impecable figura se hizo famosa en la década de los ochenta. Pero que no os engañe su apariencia.

Una de las imágenes de la NBA más vistas durante los ochenta en las televisiones de todo el mundo era la de Magic Johnson sonriente después de asistir a James Worthy para que realizara su estatua de la libertad en la canasta contraria. Puro Showtime. Al fondo, tras las caras de Magic, Kareem o “Big Games” estaba él, el creador de todo eso: Pat Riley.

Una percha imponente de 193 centímetros, ligeramente bronceada, ataviada con un traje azul oscuro o marrón de Armani, corbata Versace y zapatos a juego. Con gesto serio, mostrando un Rolex en la muñeca, seguía con atención cualquier jugada de sus Lakers. Así aparecía una y otra vez en las pantallas cada vez que los angelinos disputaban un partido. Una década plagada de éxitos y reconocimiento mundial.

Uno puede tender a creer que es un entrenador narcisista, que sólo vive de su imagen. Craso error. Duro y frío como el cemento de día, delicado y elegante como un lirio de noche. Riley sabe qué se necesita para estar en la cresta de la ola. Para llegar a ese punto, tuvo que luchar mucho y escuchar aún más. Por suerte para él, siempre estuvo en el momento adecuado en lugar preciso.

En su periplo como universitario jugó 3 temporadas bajo las órdenes del genuino Adolph Rupp en los Wildcats de Kentucky. Disputó una Final NCAA (que perdió contra Western Texas en 1966, el primer equipo campeón con un quinteto inicial compuesto por jugadores afroamericanos) y dejó su alma mater con promedios de 18.3 puntos y 8.4 rebotes.

Pasó sus tres primeras temporadas en San Diego Rockets antes de recalar en 1970 en Los Angeles Lakers. Esos Lakers contaban con los míticos Elgin Baylor, Jerry West,  Wilt Chamberlain o Gail Goodrich. Sus minutos serían los de descanso de West o Goodrich. Pocos, pero muy valiosos.

Al final, el esfuerzo valió la pena y se llevó en anillo en la temporada 1971/72. Rodearse de tanta estrella en un equipo como el angelino le hizo aprender mucho (de) baloncesto: cómo se motiva a los jugadores y cómo sacar lo mejor de cada uno independientemente de donde vengan.

Pero, por encima de todo, aprendió a ganar.

Retirado de las canchas en 1976,  se le abrieron las puertas al staff técnico angelino en la temporada 1979/80 como ayudante de Paul Westhead. A principios de la 81/82, la relación entre el coach y la sonriente estrella del equipo era muy tensa, por lo que Magic Johnson pronunció las palabras que ningún General Manager quiere oír: “O él o yo”.

Tras sólo 11 partidos disputados de ese curso, Westhead era sustituido por Riley. Contaba tan sólo con 36 años. Era una oportunidad de oro. Y la aprovechó a la primera: campeones esa misma temporada.

Impuso un estilo eficaz en defensa y muy productivo en ataque y contó con estrellas del calibre de Magic Johnson, Kareem Abdul-Jabbar, James Worthy y Byron Scott, junto a jugadores de equipo tales como AC Green, Kurt Rambis, Michael Cooper o Sam Perkins.

Nueve temporadas en el banquillo del Forum se saldaron con 4 anillos en 7 Finales, más un premio de Entrenador del Año. El inimitable Showtime lleva su sello. Fue, y es, una referencia del buen juego a nivel mundial. Pero no era fácil entrenar a esos chicos. Muchos egos, muchas cámaras, mucha presión. Los Celtics apretaban en la costa Este y no podía relajarse. Tuvo que imponer su método de entrenamiento, mucho menos vistoso que los partidos que se veían a nivel nacional. Su motivación rayaba lo militar. Esos chicos no necesitaban un entrenador, necesitaban un guía. Riley hizo fluir sus egos en una misma dirección con una final feliz para todos.

Abandonó L.A. al final de la 89/90. Dejó los banquillos un año para dar paso a su faceta como comentarista. Los Knicks llamaron a su puerta antes de iniciarse 91/92. Siendo nativo de New York, no podía decir que no. Tenía otro reto por delante. Cambio de Conferencia, de costa y de mentalidad. Armó el mejor equipo posible y empezaron a aparecer otras virtudes de Riley, como las de sacarse jugadores de la manga. Si en los Lakers tenía (posiblemente) la mejor plantilla de la década de los ochenta, en la Gran Manzana tuvo que tirar de un grupo mucho más tosco y guerrillero. Con grandes jugadores como Patrick Ewing y Mark Jackson, pero con desconocidos como John Starks y Anthony Mason, que a la postre serían determinantes para el futuro inmediato de los Knicks. Veteranos como Doc Rivers, Derek Harper o Rolando Blackman daban peso al equipo. Era una versión nueva de los Bad Boys de Detroit pero con menos poder ofensivo. Eran muy duros, algo que nunca había puesto en práctica en sus nueve temporadas en la Costa Oeste. Pero era lo que tenía. Y a base de defender como rottweilers, dar balones a Ewing y alguna genialidad de Starks y Jackson, se metieron en las Finales 93/94. Pero los Houston Rockets le dejaron sin anillo (otro equipo texano le privaba del éxito). Ni el premio Red Auerbach le sirvió como consuelo.

Su matrimonio con los Knicks solo duró cuatro temporadas. Hizo las maletas, cogió sus trajes y se fue a Florida. Los Miami Heat le daban la oportunidad de hacer crecer una franquicia relativamente joven y con ganas de ser una alternativa en el Este.

En cuestión de meses se hace con Alonzo Mourning vía traspaso a los Hornets (que reciben a Glen Rice). En su primer año cuenta con Zo, Tim Hardaway, Kevin Willis y Chris Gatling como principales armas. Fue montando el equipo año tras año, y a pesar de sumar jugadores del calibre de Jamal Mashburn, Eddie Jones o Dan Majerle, no jugaron unas Finales NBA … hasta la 05/06, con un equipo veterano pero totalmente diferente.

Recibió el tercer premio como Entrenador del Año en Miami, teniendo en su mano uno de cada equipo que ha entrenado. Una muestra de su calidad.

Tras dejar un tiempo los banquillos para centrarse en los despachos, volvió a coger las riendas en la 05/06. Stan Van Gundy llevaba un record 11-10 cuando fue sustituido. Esos Heat contaban con Dwyane Wade, Shaquille O’Neal y Antoine Walker como referencias. Riley había llevado a obreros de lujo y All Stars veteranos para intentar el asalto a las Finales. No podía dejar que el proyecto se diluyera como un azucarillo en el café. Los motivó como nunca y los exprimió hasta la última gota de sudor. Los veteranos como Mourning o Gary Payton fueron cruciales, y extras como James Posey, Jason Williams o Udonis Haslem cubrieron las espaldas de las primeras espadas de forma espectacular. Al fin llegó el anillo -tras once temporadas en Miami (nueve como entrenador)-. Y derrotando a un equipo texano, Los Dallas Mavericks. Ya podía sonreír.  

Ha entrenado durante 24 temporadas, ha recibido tres premios COY, tiene cinco anillos de nueve Finales jugadas, ha obtenido 60 victorias o más durante siete temporadas, en su casillero lucen 1.210 triunfos. Un palmarés envidiable.

Pero Pat Riley es algo más que un entrenador. Su capacidad de liderazgo y motivación están fuera de toda duda. Sin ir más lejos, ha escrito libros de automotivación (alguno como ‘Forjador de Éxitos’ se ha vendido mucho) y da conferencias, tanto a deportistas como a empresarios.

Ayuda  a los jóvenes a encontrar su lugar en la cancha y en el mundo. Tuvo que cambiar de color cual camaleón en su carrera deportiva, desde la universidad hasta los despachos de Miami. Y lo hizo siempre con éxito.

El glamour que se percibe viene dado por una imagen. Riley es un entrenador muy duro, muy tenaz, con mucho ejercicio físico. Sus sesiones de tiro y corrección tanto en New York como en Miami son recordadas. Los jugadores acababan exhaustos. Algunas de sus frases motivadoras: “Si no sufres para ganar, ¿cómo sabrás que puedes hacerlo?”,” No puedes elegir el modo de perder, pero sí puedes elegir cómo recuperarte para ganar la próxima vez”

Ahora tiene ante sí un nuevo reto. Con 65 años recién cumplidos,  ha conseguido juntar a Dwyane Wade, LeBron James y Chris Bosh. Tres “primadonnas” que hacen que los Heat vuelvan a la más rabiosa actualidad tras varias temporadas en penumbra.

Por si fuera poco, los ha rodeado de una serie de jugadores que hacen que la plantilla de los Miami Heat sea una de las candidatas al anillo en 2011.  

Posiblemente, el mejor equipo que el dinero pueda comprar. Sabe cómo hacer que estos deportistas suban un escalón más. Y ellos saben que si hace falta, Riley bajará al gimnasio (otra vez).

El hábito no hace al monje. Su imagen en los banquillos es un fiel reflejo del sueño americano. Trabajó mucho para poder saborear lo que alcanzan pocos. Se hizo a sí mismo. Le quedan fuerzas para seguir motivando. El glamour también transpira. La seda también se arruga. Todo es poco por un anillo. Que se preparen los 29 equipos restantes.




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