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[23/10/2006] Japón 2006
Dieciséis días en el disco duro
Por Sergio Calvo @ultimatenba | @akaZerf

Intentamos resumir en este artículo (Gigantes del Basket nº 1.090) lo que vivimos en Japón, desde Hiroshima hasta la medalla de oro.

Artículo publicado en el número 1.090 de la revista Gigantes del Basket.

Es normal que España ganara el Mundial, porque jugaba en casa. Y no lo digo porque los aficionados nipones animaran a nuestra Selección, que no lo hicieron. Lo digo porque España y Japón son dos países casi idénticos. Si gallegos y asturianos son primos hermanos, españoles y japoneses son hermanos siameses.
Todo son semejanzas. Sus gentes, sosegadas y reflexivas; sus conductores, prudentes y pacientes; sus calles, limpias como una patena. Además, perdí la cámara digital en el tren... y me la devolvieron, aunque del susto me traumaticé y casi no la volví a sacar. Entre partido y partido, para reservar sus asientos, la afición local dejaba sus bolsos y carteras encima. Suponemos que con el sueldo recién cobrado y las joyas de la abuela dentro. ¡¡¡Todo igual que aquí!!!

Conseguir las entradas no fue tarea fácil. Por diferentes razones, entre ellas que no íbamos vestidos de bombero-torero, ni de tunos, ni de nada por el estilo, fuimos de los pocos spanish que tuvimos que ir en busca de Basukéttó Tikéttó. No, no es que fuéramos en busca de un amigo vasco, es que así (o parecido) se dice en japonés "entradas para el basket". No las vendían en taquilla (hubiera sido demasiado sencillo), así que para conseguirlas había que realizar una especie de gimkana en la que las pistas que te proporcionaban no siempre eran correctas. En Hiroshima pudimos comprar las entradas en un Family Mart (un supermercado 24 horas de allí). Para adquirirlas había que manejar una máquina (exclusivamente en japonés), así que requerimos la ayuda de los dependientes. Tras una serie de inútiles parrafadas en inglés, un poco de mímica, algo de japonés, y varios silencios incomodísimos, logramos que nos entendieran. Para que luego digan que el deporte traspasa fronteras.
Las entradas para Saitama las adquirimos en JTB, una agencia de viajes. Sólo les quedaban para cuartos y semifinal. Los anfitriones habían comprado entradas para, en la final, celebrar el oro de “sus” USA. Menudos pájaros.

En Japón, del basuketto, como que pasaban. En la sección de deportes de su telediario, el Manu Sánchez de turno daba una noticia de béisbol, luego una de béisbol y finalizaban con béisbol. Los octavos de final los tuvimos que seguir por internet, desde Kyoto, ya que no logramos encontrar ningún local donde verlo (dudo que hubiera ninguno en todo el país).
Antes de su partido clave ante Nueva Zelanda vimos cómo voluntarios eran aleccionados en los pasillos, recibiendo instrucciones de cómo animar. Lo hacían ordenadamente, aplaudían cuando había que aplaudir, gritaban ooooohhhh a la mínima filigrana (sobretodo si el que la realizaba era un NBA) y se morían de risa si el balón quedaba enganchado en el aro. Juo Juo.
Ganaban de 20 y acabaron perdiendo. Y se marcharon tan tranquilos. Yo propondría a la Federación Japonesa que, para crear un ambiente ensordecedor, al estilo griego o turco, repartiera noddles (fideos) a sus aficionados. Los japoneses, por lo general, hacían más ruido sorbíendolos que animando a su Selección.
Por cierto, el japonés que me tocó como vecino animaba a Nueva Zelanda. No pude reprimirme y al final le pregunté el motivo. – Dancing – me respondió. Animaba al rival porque le gustaba mucho la danza maorí. A esto nos ha llevado la globalización.
Si hubiera un Campeonato del Mundo de Freaks Japón coparía los tres puestos del podio, pero esto era basuketto.

Los cuartos de final fueron muy desigualados. Toda la emoción estaba reservada para las semifinales. Tan sólo destacar a la maravillosa afición lituana, la mejor y más entendida del campeonato. Pero todas se comportaron con una deportividad y un buen rollo impresionante.

En el Grecia–Estados Unidos, las estrella USA no daban crédito a los silbidos que recibían (de griegos y españoles) cuando iban a la línea de tiros libres. – ¿Pero por qué me silban, si soy el más guapo de mi pueblo y además soy un megacrack?
Los anfitriones, eso sí, animaron muchísimo más que a su equipo. IU-ES-EI, IU-ES-EI!

En la semifinal de España, un japonés que llegó en el último cuarto, fue invadido por el espíritu de Manolo el del Bombo y tomó la iniciativa de animar a I-ÉS-PÁ-NYA. Eso fue antes de que alguien le hiciera saber que los señores que tenía delante eran los padres de Gasol y Calderón. No daba crédito. – Gáaaasssuuuuu!!!-, – Cáaaaallldeeerooooon!!! -, vociferaba. Sin duda, era lo más inaudito que había vivido nunca. Quizás pensaba que los jugadores habían llegado del espacio. Nunca se había detenido a pensar que tenían padre y madre, y la revelación le supuso un shock.
Más tarde, no paró hasta hacerse fotos con los progenitores de los dos cracks.
Mientras esto pasaba, Argentina remontaba en los últimos minutos, y cuando nos quisimos dar cuenta Nocioni estaba lanzando el triple de su vida. Lo siguiente que vimos fue a Rudy llevándose el balón.
I-ÉS-PÁ-NYA a la final!

Para la finalísima fuimos dos horas y media antes del partido a Saitama. No teníamos entradas, y no sabíamos si podríamos conseguir. 30.000 yens (unas 36.000 pesetonas) nos pedían por dos entradas de 10.000 yens cada una. Demasiado.
Tras hablar con algunos señores reventas más, protagonizar algunas escenas melodramáticas, y regatear al más puro estilo Onésimo Sánchez, logramos dos entradas de 19.000 yens cada una por 20.000 yens en total. Íbamos a estar en la final, sólo faltaba que los chicos, sin Pau, sacaran lo mejor de cada uno. Y ya sabéis cómo acabó.

Me quedo con lo que gritó el padre de Sergio Rodríguez cuando el encuentro finalizaba: -Este partido me lo almasseno en el disco duro.

Yo me almaceno en el disco duro los dieciséis días pasados en un país fascinante, viviendo un momento histórico para nuestro baloncesto.



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